Las guitarras llegan donde la política y el fútbol no podrán

Esteba Sierra Zamuria. Argentina e Inglaterra se cruzan de nuevo en una copa del mundo, (No es la primera vez, 1986, 1998, 2002)…y como ocurrió siempre, las referencias a Malvinas, a 1986, a Maradona, a la mano de Dios, los penales, a la rivalidad. Es lógico. El fútbol tiene memoria histórica.
Pero mientras pensamos en todo aquello, hay una un aspecto en esta historia entre Inglaterra y Argentina menos detalladas por el comun, pero sí y de forma profunda por algunos los expertos. Una historia donde Inglaterra tocó a la Argentina antes de todo lo que nos abruma, que es propio del deporte y del nacionalismo que desprende la pasión por el fútbol de selecciones.
Los ingleses fueron mucho antes al Sur de America, pero sin soldados, sin camisetas de fútbol sin bandera partidista ni muchos menos, llegaron sin pretender llegar, llegaron con su armonia, su ritmo, su melodia: Su música, su rock.
A miles de kilómetros y a décadas antes de que existieran las redes sociales, los Beatles, los Rolling Stones, Pink Floyd, Led Zeppelin, David Bowie, Queen, The Police o The Who y otras más, habían cruzado el océano para instalarse en los tocadiscos de miles de adolescentes argentinos. Aquellas canciones no solo entretenían. Abrían ventanas. Mostraban un mundo distinto.
Esa influencia fue tan poderosa que terminó dando forma a uno de los movimientos culturales más importantes de América Latina: el rock argentino. Spinetta, Charly García, Serú Girán, Soda Stereo y TANTAS OTRAS bandas y musicos brillantes que encontraron su propia voz sin esconder de dónde venían muchas de sus influencias. El idioma cambió, las historias también, pero la esencia seguía latiendo en aquellas guitarras nacidas en Liverpool, Londres o Birmingham.
Después llegó la oscuridad. La dictadura militar convirtió el silencio en una herramienta de control. Sin embargo, la música encontró la manera de decir lo que muchos no podían. El rock se transformó en refugio, en resistencia y en un espacio donde una generación aprendió a leer entre líneas. Las metáforas reemplazaron a los discursos y las canciones comenzaron a decir mucho más de lo que parecía.
Hay una paradoja que la historia nunca deja de ofrecer. La guerra de Malvinas enfrentó a dos países que, al mismo tiempo, compartían una de las relaciones culturales más profundas del siglo XX. Incluso cuando la música en inglés fue apartada temporalmente de las radios argentinas después del conflicto.
Quizá por eso el fútbol y la música se parecen tanto. Ambos son lenguajes sociales. Ambos construyen identidad. Ambos hacen que miles de personas canten al mismo tiempo sin conocerse. En una tribuna o en un conciert, las emociones funcionan exactamente igual: se celebran, se lloran y se comparten.
Pero detrás del resultado también viajará otra historia. Una historia donde las canciones pudieron más que las diferencias, donde la cultura sobrevivió a la política y donde el rock, al final, terminó haciendo algo que ninguna guerra consiguió: unir para siempre a dos pueblos.
Fútbol y rock.
